jueves, 4 de diciembre de 2008

La escarcha de la luna era mía,
cada paso, cada abrazo,
cada arco iris
y cada uno de sus siete colores.

El rojo
por cada clavel que respiras,
por cada vez que subrayas mi vida,
por cada 28 de julio que no compartimos.

El naranja
por el mango más rico del mundo,
por cada juo que tomo en el desayuno,
por el ave que voló lejos y pudo ser feliz.

El amarillo
por cada curva peligrosa,
por cada estrella casi a punto de morir,
por cada lapiz que nos ayudó a sonreír.

El verde
por los limones que robé de la casa de mi abuela,
por los infinitos Caminos del Inca
por las paredes de mi cuarto que albergaban a mi inspiración.

El índigo
por tus ojos que se pierden en el mar de un caribe que no puedo ver,
por lo etéreo de tus alas,
por mi eterna locura y por su paz.

El azul
por cada vez que me dices prestas un "te quiero",
por cada abrazo que dejaste en el cielo,
por esa falda que dejé de usar.

Y, finalmente, el morado
por cada octubre en el que no estuve,
por el vino, ya añejo, que deseé como agua en el desierto,
por la mezcla entre mi rojo y tu azul.

Cada color del arco iris es único,
mío, y de cada bandera que encontraré
en mi Cuzco,
en nuestro Cuzco.


Flavia A. Goya Lañas

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