jueves, 4 de diciembre de 2008

Pequeño niño.

Así me dejaste, sin sombrero que sacarme, sin claveles en el jardín. Solo la luz de la luna podía ayudarme a respirar en ese momento. Pero tú, tú ya la habías usado para hacerla respirar.
Gracias por dejarme sin aire porque sí, gracias.
Sin embargo yo sigo aquí, tratando de ser una copia de lo que sería el hombro donde lloras, pero miles de estrellas hacen que estemos cada día más lejos, y ni los botones de las flores nos pueden ayudar.
Pero si tú supieras, pequeño niño, si tú supieras los mensajes que yo podría contarte. Si tú supieras que antes de dormir te escribo algo también porque sí. Si tú supieras que yo quería ser quien respire de tu luna.
Si tú supieras, pequeño niño, pero ya es tarde y debes ir a dormir, la luna igual se iba a ir a descansar y nosotros no podíamos esperar a que regrese, no pequeño niño, nosotros ahora tenemos que decirle "hola" al señor sol que ha decidido venir a visitarnos, y a quitarnos la luna porque dice que nos puede llegar a dar más calor. Todo ese calor que tú no me das, pequeño niño.
Por eso es una pena que la luna tenga ganas de soñar, nos deja el calor que yo no quiero compartir contigo. ¿Y sabes por qué, pequeño niño? ¿No sabes? Yo tampoco sé.
Pero, tal vez, las estrellas amigas de la luna nos puedan decir el camino a la felicidad. Y así, un día podremos ver al sol como algo innecesario, porque el calor que sentimos desde más allá de la extratósfera será suficiente como para derretir la nieve de los Andes.
Pero eso será en otro Planeta, pequeño niño, porque esta noche tienes que dormir, recuerda que mañana debes estudiar, mientras yo, pequeño niño, sigo tratando de hacer que la luna me preste el aire que tú no me quisiste dar.
Hasta mañana, pequeño niño, hasta mañana que todo vuelva a ser como ayer, y como la semana que le siguió.

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