domingo, 28 de diciembre de 2008

Estoy sentada.
Mirando.
Sola.
Solo mirando.

No quiero caminar, gracas.
Quiero tocar guitarra, pero no sé cómo.
Quiero verte...
pero no sé cómo.

Quiero que Lima no sea peligroso.
Quiero poder tomar fotos
sin correr el riesgo de que me roben.

Quiero poder darte palabras
sin correr el riesgo de que me robes...
El corazón...
una vez más.
Y te vuelvas a olvidar de devolvérmelo
a fin de mes.

A fin de mes,
cuando debo pagar las cuentas con mi sueldo,
con mi corazón,
con lo último que me queda
después de morir un rato.

Y yo, bien fresca, sigo sentada.
Mirando.
Sola.
Solo mirando sentada en la mitad de la banca.

Como para que nadie más se siente aquí...
conmigo.
Y si no encuentro una hilación,
¿Qué?
¿Es acaso un pecado?
¿Es acaso una falta de respeto a la Santa Sociedad?

Discúlpeme, Señora Constitución,
pero no le pondría su nombre a mi hija.
No me agrada su nombre,
y tampoco me agrada Usted.

Pero me gusta el color rojo,
por eso nunca escribo en rojo.
No quiero que se gaste.
No como te gastaste tú.

Y te acabaste.

Y no estás.

Y a mí solo me queda recordar,
recordar lo que ya no está.
Lo que se gastó con el tiempo.
Por eso, nisiquiera pienso en el rojo.

Para que no se gaste...
como tú.
Al finalizar Todo,
todo se acaba.
Todo queda en nada
y nada cambiará nada.

El mundo seguirá,
la gente amará y será feliz.
El cielo será azul, morado, naranja y negro.
Y gris.
Como mi Lima gris.

Gris como el humo,
el resultado e mis deseos.
Y una alfombra que me transporta.

Me disfrazo de cisne
y mi cola desprende rosas rojas que marcan el camino.

El cielo ahora se vuelve verde,
rosado, rojo, fucsia e índigo.

El alma también.

Y el relojsigue sonando...
tic-tac tic-tac.
Cada tic me manda a la mierda,
cada tac me permite volver a respirar.

Y mi perro sigue aquí,
cuidándome,
porque sé que nadie más lo hará.
Sigo aquí,
congelándome con tus ojos,
justo hoy,
el día más caluroso del verano.

Me dejaste desnuda,
recostada sobre el baúl de nuestros sueños.
Desangrándome...
con cada lágrima,
con cada paso
que me aleja poco a poco de tu paraíso.

Entonces, todo se detuvo.
Y esos ojos que me congelaban,
se cerraron.
No parpadearon más.
No me miraste más.

Fue ese el momento
en el que recordé la vergüenza de mi desnudez.
Fue ahí que comprendí mi estupidez al soñar
y mi masoquismo al guardarlo todo en un baúl.

Pero lo que aún no comprendo
es cómo fue que el cielo pasó de celeste a gris en menos de una hora,
cómo fue que la bella mariposa volvió a ser una despreciada oruga,
cómo fue que el caro diamante volvió a ser un simple pedazo de carbón.

Cómo fue que nosotros
pasamos a ser
tu
y
yo.
Vi una luz ayer,
era turquesa con blanco.
Y la seguí, yo que sigo todo.

Cualquier cosa
que pueda parecerse
a una cara,
o a un corazón.

Yo robé la noche,
yo fui quien pisó las flores el parque.
Y así, sin darme cuenta.
lo destruí todo.

Todo por buscarte a ti,
a eso que más se parecía
a una cara,
o a un corazón.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Pero quién,
si no yo,
podría pensar en mantene una mariposa
para siempre.

Ilusa llena de ilusiones,
la mariposa voló.
Se fue donde no la puedan cazar.
Lejos de mí y de todo lo que yo implico.

Y entonces, yo jugué a ser un camaleón.
Pero no,
eso de querer ser algo más
no es lo mío.

Ahí fue cuando descubrí
que ser una estatua no podía ser tan malo.

Desde ese día, dejo que las aves descansen en mis hombros.

Pero, ¿qué pasó con aquella mariposa?
Pues aún no lo sé,
esa marposa no se quiso posar en mis hombro
otra vez.

Y así pasó la vida
lejos de esa mariposa
que jamás se dejó cazar
por mí.

Pequeño niño.

Así me dejaste, sin sombrero que sacarme, sin claveles en el jardín. Solo la luz de la luna podía ayudarme a respirar en ese momento. Pero tú, tú ya la habías usado para hacerla respirar.
Gracias por dejarme sin aire porque sí, gracias.
Sin embargo yo sigo aquí, tratando de ser una copia de lo que sería el hombro donde lloras, pero miles de estrellas hacen que estemos cada día más lejos, y ni los botones de las flores nos pueden ayudar.
Pero si tú supieras, pequeño niño, si tú supieras los mensajes que yo podría contarte. Si tú supieras que antes de dormir te escribo algo también porque sí. Si tú supieras que yo quería ser quien respire de tu luna.
Si tú supieras, pequeño niño, pero ya es tarde y debes ir a dormir, la luna igual se iba a ir a descansar y nosotros no podíamos esperar a que regrese, no pequeño niño, nosotros ahora tenemos que decirle "hola" al señor sol que ha decidido venir a visitarnos, y a quitarnos la luna porque dice que nos puede llegar a dar más calor. Todo ese calor que tú no me das, pequeño niño.
Por eso es una pena que la luna tenga ganas de soñar, nos deja el calor que yo no quiero compartir contigo. ¿Y sabes por qué, pequeño niño? ¿No sabes? Yo tampoco sé.
Pero, tal vez, las estrellas amigas de la luna nos puedan decir el camino a la felicidad. Y así, un día podremos ver al sol como algo innecesario, porque el calor que sentimos desde más allá de la extratósfera será suficiente como para derretir la nieve de los Andes.
Pero eso será en otro Planeta, pequeño niño, porque esta noche tienes que dormir, recuerda que mañana debes estudiar, mientras yo, pequeño niño, sigo tratando de hacer que la luna me preste el aire que tú no me quisiste dar.
Hasta mañana, pequeño niño, hasta mañana que todo vuelva a ser como ayer, y como la semana que le siguió.
La escarcha de la luna era mía,
cada paso, cada abrazo,
cada arco iris
y cada uno de sus siete colores.

El rojo
por cada clavel que respiras,
por cada vez que subrayas mi vida,
por cada 28 de julio que no compartimos.

El naranja
por el mango más rico del mundo,
por cada juo que tomo en el desayuno,
por el ave que voló lejos y pudo ser feliz.

El amarillo
por cada curva peligrosa,
por cada estrella casi a punto de morir,
por cada lapiz que nos ayudó a sonreír.

El verde
por los limones que robé de la casa de mi abuela,
por los infinitos Caminos del Inca
por las paredes de mi cuarto que albergaban a mi inspiración.

El índigo
por tus ojos que se pierden en el mar de un caribe que no puedo ver,
por lo etéreo de tus alas,
por mi eterna locura y por su paz.

El azul
por cada vez que me dices prestas un "te quiero",
por cada abrazo que dejaste en el cielo,
por esa falda que dejé de usar.

Y, finalmente, el morado
por cada octubre en el que no estuve,
por el vino, ya añejo, que deseé como agua en el desierto,
por la mezcla entre mi rojo y tu azul.

Cada color del arco iris es único,
mío, y de cada bandera que encontraré
en mi Cuzco,
en nuestro Cuzco.


Flavia A. Goya Lañas

Cupido Maricón

Me dijeron y lo olvidé,
lo olvidé como olvido aquello que no me conviene,
olvidé cuando me hablaron de Cupido,
olvidé cuando me dijeron que estafaba y mentía.

Lo olvidé porque confundí a Cupido,
lo confundí con Dios o con el demonio,
no lo sé,
pero me convenció.

Me pidió negociar:
si yo le daba todo lo mío, él me daba a tí.
No tengo mucho, nunca lo tuve.. pero se lo di todo,
no quedó ni un pedacito de corazón como mío.

Después de negociar con él,
recordé todo lo que ya me había negado de escuchar.
Sí,
Cupido es un estafador.

Conservó todo lo que le di,
pero nunca recibí mi parte del trato,
le entregué hasta mis ojos en una bolsa de papel,
y tú, ni aún así, volteaste a mirarme.

Algún tiempo después, alguien me dijo que solo conmigo, Cupido cumplió su palabra.
Sí te dio todo lo que guardé en algún cofrecito de hojalata.
Pero prefiero culpar a Cupido que a ti.

Duele mucho menos si te engaña un fantasma.


Flavia A. Goya Lañas